Aunque hayamos observado el violento embate de un temporal de invierno, es imposible imaginarse las dimensiones y la fuerza que debe tener una sola ola capaz de transportar rocas de hasta 30 toneladas a una distancia de entre 50 y 115 metros. El geólogo mallorquín Xisco Roig aborda este asunto en su tesis sobre sedimentos de tsunamis en las Islas Baleares, una investigación que le ha llevado hasta Formentera.

El científico ha descubierto varios testigos de tsunamis en la isla y los islotes cercanos de Espalmador y Espardell. En Formentera, ha detectado pistas de una gran ola en Punta Gavina y es Trucadors, pero es en Punta Prima donde hasta ahora ha podido desplegar su investigación.

Este investigador mallorquín ha concluido que el terremoto documentado en el norte de África el 31 de enero de 1756 generó un gigantesco movimiento de agua que a 750 km/h empleó unos 30 minutos en cruzar el Mediterráneo e impactar sobre Formentera. La ola, que a mar abierto sólo se elevaría entre 2 y 4 metros, ganaría altura a medida que la profundidad disminuía, hasta alcanzar los 10 metros de altura en las inmediaciones del acantilado de Punta Prima, en el noreste de la isla. El fuerte impacto de la masa marina con la parte alta del acantilado provocó la rotura de la cornisa, lo que proyectó al aire al menos 27 bloques de piedra de importantes dimensiones y peso que cayeron muchos metros tierra adentro. El precario repoblamiento que hacía unos 60 años que se había iniciado en Formentera no dejó documentada la efeméride, pero el geólogo señala que los bloques estudiados coinciden con los escalonamientos que, como una cerradura con su llave, han quedado en lo alto del acantilado.

Durante los últimos 250 años, los formenterenses han recurrido a estas rocas para extraer material para la construcción, por eso Roig calcula que actualmente en la isla sólo quedan un 40% de los testigos de tsunamis. Sin embargo, el científico ha desarrollado una técnica para relacionar el terremoto documentado en el Magreb con los bloques de Punta Prima. De entrada, era infructuoso hacer la prueba del carbono 14 para datar la piedra, ya que este método requiere materia orgánica muerta que no existe en unas piedras que supuestamente se encontraban en lo alto del acantilado. Por eso Roig ha optado por datar los “cocons”, las cavidades que se forman en la superficie de la roca y donde se acumula el agua. Así ha concluido que estos hoyos observados en los bloques de punta Prima se podrían datar sobre la década de 1720, un periodo muy próximo al del terremoto de 1756.

Además, Roig ha descubierto que en Ibiza las torres de les Portes y de la sal Rossa, orientadas hacia la zona de impacto de la gran ola, fueron restauradas en 1760. No se conoce el motivo de la restauración pero es razonable pensar que se arreglaran cuatro años más tarde de sufrir el embate del tsunami.

Ya en el terreno de la leyenda, la historia de la gran ola remite al cuento de las dos hermanas mal avenidas. Vivían en una gran finca haciéndose la vida imposible, hasta que una gran ola se las tragó a ellas, el ganado y la casa, convirtiendo su gran finca en lo que hoy en día se conoce como el Estany Pudent.

Es posible que se repita un tsunami como el de 1756? Podría ser mañana mismo, responde Xisco Roig.

Texto: Josep Rubio

Fotografía: Próximo Ferry

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