A principios de los años 70 el silencio domina una isla por donde circulan pocos coches y la corriente eléctrica no llega ni mucho menos a amplias zonas pobladas. En este hábitat se encuentra un joven cosmopolita recién llegado. Ni pensar en lo de volver a la ciudad, pero tampoco caer en el tedio. Llueve, la casa se hace pequeña y el tiempo se amplifica. Entonces el joven se permite un gesto indolente, casi ni pensado y coge una herramienta rudimentaria. La emplea para cortar una madera que le parece recordar terminó en su casa después de una noche de juerga, cuando la tomó prestada de un restaurante donde hacía de mesa. La lluvia persiste y el joven también, pero ahora ya con más herramientas, con más ímpetu y con todo el tiempo del mundo. Hasta que un día del trozo de madera surge una cara, la primera escultura de Aaron Keydar.

Dar nueva vida al árbol muerto, descubrir la escultura que toda madera esconde dentro, pulir la materia hasta transformar el tiempo. Esta ha sido la misión que este escultor israelí persigue desde hace cuatro décadas en Formentera.

Nacido en Tel Aviv en 1943 se crió en el seno de una familia religiosa encabezada por un padre rabino. Pasó la adolescencia en un kibbutz y después de licenciarse en arquitectura, participó en la cruda batalla de Jerusalén durante la Guerra de los Seis Días. La experiencia bélica fue traumática para el joven Keydar que después de meses de reclusión voluntaria, abandonó su país natal para trasladarse a Londres, donde ejerció de arquitecto y entró en contacto con el movimiento contracultural de los años 60.

Un amigo le convenció para visitar unos pocos días una isla del Mediterráneo, y aún hoy, cuando Keydar rememora aquella Formentera irrepetible, lo asocia con un único término: paraíso. Actualmente desde su casa taller de Can Parra, en es Cap de Barbaria, sigue convencido de que dispone de todo el tiempo del mundo, por eso es incapaz de decir con exactitud cuando puede tardar en modelar, cortar y pulir un trozo de sabina, olivo, o enebro. La elasticidad del tiempo es un hecho real en la vida y la obra de Keydar, que pule la madera hasta convertirla en una materia cargada de sensualidad.

Sus obras, piezas que incitan al tacto y provocan la imaginación, se han expuesto en Europa, Estados Unidos y Asia. El escultor incluso se ha atrevido con el hierro, con la posidonia gigantesca que preside una de las rotondas de la isla. Pero Keydar guarda un especial recuerdo de Cristo que él, un judío, le encargó el rector de Formentera a principios de los 90. Entonces el tiempo se congeló. La escultura no surgía libremente de la madera sino que él tenía que hacer surgir obligatoriamente una forma concreta de la madera, la figura, ni más ni menos, del hijo de Dios. La madera se rompía y él también. Así que sólo después de un retraso, Keydar se vio como si fuera un mago, listo para retirar la tela grana que cubría el Cristo, ante la angustia del rector. El resultado lo descubrirán en la iglesia de Sant Francesc.

Texto: Josep Rubio

Fotografía: Próximo Ferry

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