La evasión de los formenterenses que huyeron de la represión franquista fue posible gracias a la arriesgada complicidad de sus vecinos.

A bordo del llaüt para llegar a Argelia, los formenterenses embarcaron provisiones de agua, pan y pollos asados.

Texto: Josep Rubio / Fotografía: Próximo Ferry

En los últimos años estamos siendo testigos de la dramática decisión de miles de personas que, huyendo de la guerra o el hambre, deben emprender arriesgadas travesías por el Mediterráneo en precarias condiciones. Algunos consiguen llegar a las costas europeas, en muchas ocasiones para terminar recluidos en campos de refugiados o centros de internamiento, pero para otros, la pesadilla finaliza cuando el Mare Nostrum se convierte en su tumba.

Esta grave decisión también la tuvieron que tomar, no hace tanto, varios formenterenses que partieron a bordo de pequeñas embarcaciones en busca de la salvación, en este caso haciendo el trayecto a la inversa, con rumbo al norte de África.

En febrero de 1937 siete formenterenses hicieron esta peligrosa travesía con un llaüt de escasos 35 palmos, unos cinco metros. Entre los tripulantes se encontraba Joan Torres Mayans (Formentera, 1914-2004), Joan de Can Guillemet o de Can Pep Toni, y por suerte para la memoria colectiva de la isla, sus descendientes, Maria Rosa y Vicent, han podido recordar la historia que oyeron, en escasísimas ocasiones, en boca de su protagonista.

Tras la llegada de las fuerzas franquistas a Formentera en septiembre de 1936, se desencadenó una represión sistemática contra aquellos que habían apoyado, aunque sea como simples simpatizantes, la llegada de la democracia y la república en España. Estas acciones acabaron con la ejecución sin juicio previo de 12 formenterenses que actualmente reposan en fosas pendientes de dignificar.

Joan, agricultor soltero de la Mola de 22 años, no tenía ningún cargo relevante en organizaciones de izquierda, pero era bien sabido que era hombre de ideas progresistas, por lo que fue víctima de pequeñas extorsiones. Mientras labraba con la yegua familiar, personas afines al nuevo régimen que merodeaban por los alrededores de su campo se le acercaban para obligarle a pagar sumas en metálico. La incertidumbre y el miedo le acompañaron hasta que con seis hombres más, todos vecinos de la Mola, decidió huir. Ni su madre sabía nada de los planes que llevaba en mente.

Antes de partir, él y Xomeu Escandell, de Can Miquel des Bosc, intentaron convencer al hermano del último, Jaume, para que se uniera a la expedición, pero el joven se negó, asegurando que no había hecho mal a nadie y que no tenía nada que temer. Jaume era hombre inteligente que incluso había enseñado a leer y escribir, tal como se explica en la imprescindible “Memoria contra l’oblit”, obra coordinada por el historiador Artur Parrón. Posteriormente Jaume de Can Miquel des Bosc fue capturado por los fascistas cuando, en el pueblo del Pilar, salía de misa con su novia. Fue recluido en la escuela y ejecutado en una curva de la carretera a la Mola. En el recuerdo popular ha quedado que su novia pudo escuchar el tiro de gracia desde su casa.

Antes de hacerse a la mar, Joan y sus compañeros de fuga se escondieron durante seis días en una cueva de la Mola. Esperaban el momento idóneo mientras veían pasar las guerrillas que los buscaban. Hasta que una fría noche de febrero, decidieron acercarse a s’Estufador, uno de los varaderos de la Mola, donde bajo las órdenes de los fascistas, montaban guardia dos formenterers, Xicu des Moliner y Toni de sa Casilla. Xicu estaba compinchado con los prófugos, pero igualmente pidió ser amarrado junto con Toni para simular que había opuesto resistencia.

Joan y sus compañeros tomaron el llaüt de Joan de Can Pep Xomeu. La elección no fue casual. A pesar de la obligación impuesta por las autoridades franquistas de que todas las velas debían quedar almacenadas en el faro de la Mola para evitar evasiones, el de Can Pep Xomeu lo había dejado en el varadero porque iba a menudo a Ibiza para mercadear.

A las 10 de la noche zarparon a remo hacia África, hacia la colonia francesa de Argelia. Joan era muy poco marinero, pero sí uno de sus compañeros, Toni de’n Josep, que había ejercido de patrón. Además, a bordo contaban con brújula, compás y otros instrumentos de navegación. De hecho, el compás y el rumbo que debían tomar los había facilitado un amigo suyo de can Sord, que como Xicu, se jugó el pellejo para salvar a un vecino. Además, a bordo también llevaban provisiones: agua, pan y pollos asados.

Al día siguiente, cuando se conoció la fuga, el patrón de la embarcación Sa balandreta fue obligado por las fuerzas franquistas a hacerse a la mar para buscar a los fugitivos. El horizonte se mostraba vacío, y el patrón, “uno de Can Xesc”, otro de los cómplices silenciosos de la evasión, se las ingenia para hacer creer a los facciosos armados que le acompañaban que su “balandreta” no podía correr más.

Pero los fugitivos ya estaban muy lejos, la fortuna les había sonreído y al poco de partir entró un viento de Tramontana (norte) que les permitió izar la vela y recorrer 140 millas náuticas en sólo 48 horas. Desembarcaron en Bouharoun, a sólo una cincuentena de kilómetros de Argel. En este pequeño pueblo pesquero Joan se quedó a vivir, trabajó durante 11 años de panadero y conoció a quien sería la madre de sus hijos, una francesa llamada Marie Rotolo. No tuvieron la misma suerte los españoles que llegaron a territorio francés cuando cayó la República, en 1939, muchos de ellos fueron confinados en campos de concentración en condiciones infrahumanas.

En 1949 los padres de Joan, que era hijo único, lo visitaron en la entonces colonia francesa llevándole un documento oficial según el cual no sería represaliado por el régimen de Franco. Al cabo de un año, en 1950, Joan y la familia que había formado en Argel volvieron a Formentera, donde cuidó de su finca hasta la venerable edad de 90 años.

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