El aislamiento de Formentera, que tantas veces ha significado quedar aparte de los avances y las inversiones, ha supuesto una ventaja en el campo de la viticultura.

Los cepas autóctonas no requieren ningún tratamiento químico y están adaptados a las condiciones de altas temperaturas, poca lluvia y alta salinidad de la isla.

Texto: Josep Rubio | Fotografía: Próximo Ferry

Si el vino es una de las manifestaciones más exitosas para reflejar las singularidades de una cultura, un pueblo y un territorio, en el caso de los vinos hechos en Formentera, de una bocanada podemos degustar 800 años de historia.

El aislamiento de Formentera, que tantas veces ha significado quedar aparte de los avances y las inversiones, ha supuesto una ventaja en el campo de la viticultura. Mientras los viñedos europeos eran devastados en la segunda mitad de siglo XIX por la plaga de la filoxera, las aisladas cepas formenterenses quedaron indemnes y hoy esta isla es de los pocos lugares en todo el continente que la Organización Internacional de la Viña y el vino ha declarado libre de filoxera.

Así, en el resto de Europa es obligatorio que las cepas cuenten con el pie americano, por lo que se injerta la planta a una raíz de vid americana, que de manera natural es inmune a la plaga. En cambio en Formentera se sigue haciendo vino con cepas prefiloxéricas, obteniendo una variedad en estado puro. La ventaja de estos viñedos es que la planta tiene una raíz principal capaz de penetrar a una gran profundidad y extraer la mineralidad, para luego aportar altas cualidades y singularidad a los vinos. Una exclusividad que ha hecho de los viñedos de pie franco de Formentera una verdadera joya del mundo enológico.

La cultura alrededor del vino está muy implantada en la isla. Cualquier formenterense de raíz tiene algún familiar que elabora vino y, actualmente, existen unas 60 hectáreas de viña en la isla, lo que representa el 12,5% del total de superficie agrícola utilizada. Estas cepas, que en algunos casos pueden rozar los 100 años de antigüedad, son en buena parte de Monastrell, pero también se encuentran otras variedades como el Fogoneu, la Garnatxa Negra, el Grec, el Moll blanc o la Mamella blanca entre muchas otras. Estas cepas autóctonas suelen generar únicamente un 25% de la uva que produce una viña injertada, pero no requieren ningún tratamiento químico, soportan bien los hongos y otras plagas y están completamente adaptados a las condiciones de altas temperaturas, poca lluvia y alta salinidad isla.

Ya se encuentran referencias a la actividad vitivinícola en la carta de infeudación de 1246 en la que Guillem de Montgrí encomienda a Berenguer Renard la repoblación de la isla. En el documento se destaca la existencia de unos viñedos en la Mola, concedidos a unos ermitaños, posiblemente los de la orden de San Agustín que fundaron el monasterio de Santa María, y al que se atribuye la llegada de la viticultura en Formentera. Es razonable pensar que el cultivo de la vid siguiera hasta el siglo XIV cuando se despobló la isla, muy probablemente como consecuencia de la gran epidemia de peste negra, que en 1348 acabó con una tercera parte de la población europea.

El repoblamiento definitivo por parte de ibicencos a finales del siglo XVII, reavivó el cultivo de la vid, y en el siglo XIX el Archiduque Lluís Salvador indica que en la isla había 79.000 cepas, con una producción de más de 11.000 litros anuales. La elaboración del vino aún aumentaría más a partir de la construcción de la bodega de Can Marroig, con una producción que rozaría los 50.000 litros.

Con la llegada del siglo XXI, las modernas técnicas de la viticultura se han aplicado para recuperar este bagaje y como resultado, el vino tinto de la bodega de la Mola Terramoll, Es Monastir de 2013, elaborado exclusivamente con variedad Monastrell, ha conseguido el premio Bacchus de Plata, que reconoce a los mejores vinos elaborados en el país.

Pero más allá de esta profesionalización del mundo del vino, es recomendable no perderse los concursos de vino payés que se celebran en las fiestas patronales de los pueblos. Cada pequeño productor llega con una garrafa que contiene el apreciado líquido. Con este vino, que en los concursos se suele probar a sorbo de porrón, degustamos el resultado de una técnica transmitida de generación en generación. Probamos el sabor de las interminables horas de sol impenitente de Formentera, los debates sobre si era necesario adelantar la vendimia de este año, que de nuevo no ha llovido bastante, sobre si son más adecuadas las tierras arcillosas de la Mola o las de abajo … En definitiva, disfrutamos de un vino único que nos habla del pasado y de una gente y una tierra irrepetibles.

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