Pelagia noctiluca.

La medusa luminiscente, la más habitual en Formentera, puede tener filamentos transparentes de hasta dos metros.

Si no somos capaces de cambiar nuestra manera de vivir cada vez habrá más medusas.

Texto: Josep Rubio | Fotografía: Winston

Es verano, una mañana soleada en la playa de Formentera, la brisa no acaba de paliar la ola de calor, el mar tranquilo invita al chapuzón y promete refrescarnos. Nos acercamos a la orilla, impacientes por sumergirnos en esta masa cristalina, pero nos detenemos en seco. Horrorizados, detectamos una, dos y más medusas, ensanchamos el ángulo de visión y confirmamos, frustrados, que las medusas pueblan el agua y que tendremos que olvidarnos del baño.

En nuestras aguas el más común de estos invertebrados gelatinosos es la medusa luminiscente, la Pelagia noctiluca, un animal que puede adoptar diversos colores, como marrón, violeta o rosa, y que es bien conocida por provocar picaduras urticantes por el simple contacto con la piel. Verónica Núñez, oceanógrafa del Centre de Recuperació d’Espècies Marines Cap Blanc (Ibiza), explica que la luminiscente puede vivir hasta seis meses y que a pesar de que sólo mida unos 10 centímetros desde la sombrilla hasta el extremo de sus cuatro tentáculos, cuenta con unos filamentos transparentes de hasta dos metros que también provocan picaduras. Está distribuida por el Atlántico y el Mediterráneo y pese a que ocupa preferentemente hábitats pelágicos, lejos de la costa, los vientos y las corrientes pueden acercarse a nuestras playas.

Núñez indica que los cnidocistos de esta medusa, en forma de arpón, se disparan cuando entran en contacto con otro cuerpo, causando la picada al liberar el veneno. La oceanógrafa advierte que incluso una medusa muerta o partes de ella pueden seguir siendo urticantes, por lo que no recomienda sumergirse en aguas donde sepamos que haya Pelagia noctiluca, aunque sea equipados con gafas que nos permitan detectar este indeseable compañero de baño, ya que sus largos filamentos transparentes pueden pasar inadvertidos. Se pueden registrar varios blooms o aumentos masivos de la población de medusas a lo largo del año, pero la época de cría suele coincidir con el período en que la temperatura del agua es más elevada.

Núñez explica que el crecimiento que en las últimas décadas ha registrado la población de medusas se debe a varios factores, como el calentamiento del mar, el aumento de la materia orgánica en nuestras aguas provocado por la deficiente depuración de las aguas residuales por los emisarios o por la falta de depredadores naturales de este animal gelatinoso. Las artes de pesca no discriminatorias o la masiva presencia de plásticos en el mar han perjudicado seriamente a la tortuga Caretta caretta, que tiene como alimento predilecto la medusa, y otros depredadores, como el atún o el pez espada, han quedado afectados por la sobrepesca.

En algunas playas pitiusas, como Cala Tarida (Ibiza), se han ensayado dispositivos para impedir la llegada de las medusas, instalando cortinas submarinas de plástico en el litoral, pero en opinión de la oceanógrafa esta medida si bien reduce la presencia de estos animales, no impide que puedan llegar a la playa filamentos urticantes y sobre todo, evita la renovación del agua y trastorna la dinámica de las corrientes.

Marco Lage, coordinador del Servicio de Socorrismo del Consell de Formentera, indica que las picaduras de medusa son motivo de las atenciones más habituales a los bañistas, que resuelve, antes que nada, lavando bien la herida con agua salada. Núñez aclara que el agua dulce provoca un cambio osmótico que dispararía la acción de los cnidocistos venenosos. Además, hay que retirar los tentáculos que se hayan quedado adheridos a la piel, por ejemplo, rascando con una tarjeta, aunque esta operación pueda resultar dolorosa. Lage, señala que para calmar la sensación urticante, en los puntos de socorro se administra una mezcla al 50% de vinagre y agua marina, que puede resultar satisfactoria a las personas menos sensibles. Además, también se puede aplicar frío, pero con cuidado de que el agua dulce no toque la herida.

La luminiscente no es la única medusa que podemos encontrar en las aguas de Formentera e Ibiza. Podríamos añadir la Velella velella que, de color azulado, cuenta con una especie de vela cartilaginosa que sobresale de la superficie del agua y que aprovecha la acción de los vientos para desplazarse. Suele ser más abundante a finales de invierno y primavera, no pica, pero se deja notar por la penetrante olor que desprende al descomponerse cuando las olas la depositan sobre la arena. O la cotylorhiza tuberculata, también llamada “huevo frito” por su forma, que tampoco es urticante y en los tentáculos de la que suelen vivir peces de pequeño tamaño que buscan protección.

Finalmente, la menos común en nuestras aguas pero también la más peligrosa, es la Physalia physalis o carabela portuguesa. Explica Núñez que pese a no ser nativa del Mediterráneo también se puede reproducir y cuenta con un alto poder urticante dado su veneno neurotóxico que puede afectar seriamente a personas con problemas respiratorios, cardiovasculares o niños. De hecho, bajo la apariencia de una medusa, la carabela portuguesa es en realidad un organismo colonial formado por varios individuos que hacen diferentes funciones.

Apunta la oceanógrafa que si los seres humanos no somos capaces de cambiar nuestros hábitos de vida disminuyendo el calentamiento global, reduciendo el uso de plásticos, la sobrepesca y la emisión de aguas residuales deficientemente depuradas, el mar cada vez estará más lleno de medusas y, como indican algunas predicciones, nuestras aguas tenderán a convertirse en un líquido enfermo, una sopa caliente de plásticos y animales gelatinosos.

En este sentido, vale la pena recuperar el término “born“, usado en las Pitiusas para designar la medusa. Carlos Torres, escritor y filólogo establecido en Formentera, señala que la palabra “morbo“, que está en vías de aceptación por parte del Institut d’Estudis Catalans y que significa enfermedad infecciosa, podría tener relación con la designación de este animal en el archipiélago. Por una transposición de los dos sonidos de la palabra, obtendríamos la palabra “borm” que ha acabado derivando en “born” y que sugiere el significado de animal que infesta el mar o que la enferma.

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