Un joven Enric Majoral llegó a las Pitiusas obligado, como recluta para hacer la Mili.

“Crecer demasiado puede terminar siendo una esclavitud, por suerte llegó la crisis y lo detuvo”

Texto: Josep Rubio | Fotografía: Dolors Porredon 

El servicio militar obligó al recluta Enric Majoral a desembarcar en Ibiza en 1971. Un hecho decisivo en la vida de un joven de poco más de 20 años que por aquel entonces ya había viajado por Europa, Asia y el norte de África . El hijo de un profesional del cuero de Sabadell y que ya iba encaminado a convertirse en delineante, vivió, durante su obligado paso por el Ejército, un punto de inflexión que le cambiaría la vida: la oportunidad para que su alma creadora despertara.

Casi 50 años más tarde, Enric Majoral es premio Nacional de Artesanía, sus piezas se exponen en el Museo de Arte y Diseño de Nueva York y es el joyero referente de Formentera, la isla que lo declaró hijo adoptivo en 2014.

El encuentro entre Majoral y su isla musa, su inspiración, tuvo lugar un día de permiso en que el entonces soldado, decidió cruzar los Freus y recalar en la Savina. Allí alquiló una bicicleta con la que recorrió los 19 km hasta el faro de la Mola, donde contemplando la inmensidad le sorprendió la música de una lejana flauta. Hoy explica que lo cautivó “esta belleza desnuda de la isla, muy sencilla pero que lo llena todo” y recuerda la limpieza de la atmósfera “pero no porque hubiera soplado la Tramontana, sino porque se sentía un aire transparente, de sitio poco transitado, como si escuchando bien pudieras oír las voces de los fenicios, los romanos y el resto de pueblos que han pasado por aquí a lo largo de los siglos”.

Debido a esta actitud contemplativa, si observamos el paisaje de la isla, encontraremos muchas correspondencias en la obra que durante más de cuatro décadas ha elaborado Majoral. Empezó realizando piezas con botones e hilos de cobre de electricidad que vendía por las noches en una parada del Hotel La Mola. Y cuando vio que con la artesanía podía vivir donde y como quería, decidió aprovisionarse de material y aprender, casi de forma autodidacta.

Observando y experimentando ha desarrollado obras que beben de la isla, como los Trozos de Formentera, joyas que muestran fragmentos de piedra de acantilado, con sus líquenes vivos adheridos, los Caracoles, las Capelletes, los Coconets o la Posidonia, entre muchas otras. Sobre este método de dirigir la atención hacia el entorno y convertirla en acción creadora, reflexiona: “Hace 40 años, cuando no había ni cisternas al aire libre ni piscinas, toda la pequeña fauna de Formentera, como gorriones y lagartijas, vivían únicamente del agua del rocío que quedaba atrapada en estas cavidades en la roca, los “coconets“, un descubrimiento que por su simplicidad le fascina y le impulsa a crear. O la posidonia: “A mí me gustaba mucho bucear sobre las praderas. Me parecía que era como volar sobre los campos de trigo. De vez en cuando se desprenden hojas de posidonia, y una vez jugando dentro del agua me enrollé una en el brazo y pensé: esto es fantástico para una colección”.

El mismo Majoral admite que sus piezas son para un público minoritario, se salen de la joyería tradicional y de los cánones de la contemporánea, con tonos mates, texturas pero ligeras, imperfectas, … Sin embargo en Formentera cuesta ir a una cena o a un acto público y no detectar piezas Majoral que, como le gusta decir al creador, “hacen más bonitas a las personas y las personas hacen más bonitas las joyas”.

Este arraigo en la sociedad formenterense y la paradoja de que una joya minoritaria guste mayoritariamente, puede tener su origen en el concepto Majoral de producto artesano y de negocio familiar. Al igual que los establecimientos turísticos más tradicionales, a Majoral el eje de la plantilla es la familia. Con la esposa, Dolors, “con quien podría firmar conjuntamente mis piezas” y que “se ocupa de la dirección”, “mi hija Savina que se encarga de la comunicación y el marketing y mi hijo Roc que también diseña y gestiona el taller”. De nuevo vemos las referencias a la materia de la isla incluso en el nombre de sus hijos.

Además, como en el antiguo funcionamiento de una casa payesa, la familia trabaja como un engranaje, “no establecemos días libres, hacemos todo el trabajo que sea necesario durante la temporada turística, y en invierno, trabajamos cuando nos apetece “. Asimismo, Majoral fue uno de los cofundadores, en 1984, de la Fira Artesana de la Mola y poco después, en 1987, estableció tienda en Sant Francesc. Entonces abrir un negocio dirigido en buena parte a los turistas fuera de Es Pujols se consideró una excentricidad. La apuesta, además, pretendía dar servicio todo el año “porque el señor de Formentera que quería adquirir un obsequio Majoral en Navidad pudiera hacerlo”. Pero el invento sorprendió y funcionó hasta hoy, cuando Sant Francesc, que ha sido remodelado y cuenta con calles peatonales, se ha convertido en el nuevo y elegante polo de atracción para visitantes.

Majoral ha evolucionado y hoy también cuenta con dos establecimientos y un taller en Barcelona, una tienda en Ibiza y el taller tienda de la Mola. Pero la amenaza no siempre llega desde el fracaso, también se puede morir de éxito, por eso Majoral asegura que en el momento clave de la expansión “por suerte llegó la crisis”. El creador ríe al recordar que durante la primera década del siglo, “nuestros asesores nos venían a decir que ya disponían de mi nombre y que ya me podía ir retirando”. Y añade: “comenzamos a trabajar con Estados Unidos. Nos dijeron que las piezas Majoral interesaban mucho y nos dieron espacio para exponerlas. Pero al cabo de 15 días ya te vienen con exigencias. Te dicen: haga lo que quiera para obtener este tanto al mes. Y eso significa mucho, significa ir adaptando las líneas, los materiales, se necesitan novedades de forma constante. Tienes que ser competitivo, ya no puedes trabajar en tu taller, tienes que pensar en fabricar fuera … es una esclavitud y empiezas un camino que ya no sabes dónde te puede llevar”. La crisis lo detuvo y “nos obligó a replantear todo y volver a nuestras raíces”.

“Somos una empresa familiar que diseñamos y fabricamos nuestras joyas e intentamos ser creativos, sorprender y que las piezas tengan un lenguaje, que quieran decir algo, que sean reconocibles”. Y remacha: “Nos gusta mantenernos desligados de la moda y las tendencias. Si haces lo que te marca el mercado tienes que ser el number one. Y para hacerlo necesitas mucho dinero y el resto es marketing … No es un camino que nos interese”.

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