En los últimos años el pueblo se ha convertido en uno de los nuevos epicentros de actividad turística.

En 1867 se contaban “dieciocho casitas” alrededor de una plaza “pelada y rocosa”.

Texto: Josep Rubio | Fotografía: Próximo Ferry

El centro administrativo de Formentera era, hasta hace poco más de una quincena de años, el núcleo donde por las mañanas podíamos ver a los residentes haciendo sus gestiones diarias, pero donde costaba encontrar actividad por la tarde y donde escaseaban los establecimientos para cenar o tomar una copa e incluso calles por donde caminar cómodamente, ya que los coches acaparaban la mayor parte del espacio urbano.

Pero en los últimos años el pueblo ha hecho un cambio que lo ha convertido en uno de los nuevos epicentros de actividad turística y de ocio de la isla. Por sus calles ahora pasean despreocupados peatones, los niños juegan y proliferan terrazas y otros espacios para disfrutar del aire libre.

Actualmente buena parte de las vías de Sant Francesc tienen prohibido el paso de los vehículos a motor y lo que en un primer momento muchos residentes percibieran como una amenaza para la buena marcha de los negocios, ha acabado siendo un factor clave para explicar la proliferación de restaurantes y tiendas e incluso servicios exclusivos como un hotel de cuatro estrellas con spa. Se han quedado por el camino establecimientos de proximidad, entrañables tiendas de toda la vida que daban servicio a los residentes y que han sido desplazadas por el incremento del precio del suelo. Pero lo que formaba el corazón de Sa Raval, como también era conocido Sant Francesc, los edificios históricos, permanecen intactos.

Es un buen ejercicio comenzar el paseo imaginando que la mayoría de lo que hoy en día es el pueblo no existía antes de la irrupción del turismo, durante el último tercio del siglo XX. De este hecho nos da buen testimonio del escritor ibicenco Marià Villangómez en su poema “Formentera” cuando describe a grandes rasgos Sant Francesc: “la plaza con cuatro casitas, y, más arriba, unos molinos”. El Archiduque Lluis Salvador, en su viaje de 1867, contó “dieciocho casitas” alrededor del templo y de una plaza “pelada y rocosa”.

De nuevo queda constancia de la naturaleza dispersa de la población de Formentera, que se resistía a agruparse en núcleos. Los intentos de los ilustrados de finales del siglo XVIII que, bajo criterios de racionalidad y eficiencia económica, pretendían agrupar los habitantes en tres localidades (Sant Francesc, Sant Ferran y el Pilar) fueron más bien infructuosos. En lo que hoy llamamos pueblos nunca existió un mercado y la población, que vivía en casas diseminadas en el campo, acudía básicamente para ir a misa o en días de fiesta.

Antes de iniciar el reconocimiento de los edificios y espacios singulares de Sant Francesc es obligatorio detenerse para hacer una mención a Antoni Tur “Gabrielet”, ceramista ibicenco al que el Ayuntamiento encargó en 1983 los rótulos de las vías públicas que aún hoy podemos contemplar. El historiador Joan Marí Cardona señala “el acierto” del consistorio porque “no es fácil de ver en ningún lugar de Ibiza o de fuera unos rótulos tan valiosos artísticamente como los realizados en letra gótica” por Gabrielet. Hoy en la mayoría de las calles más céntricas de la isla aún podemos admirar el trabajo de este creador que durante tantos años vivió de una manera muy peculiar, libre de lujos y de convenciones sociales, en una humilde casita en la Mola.

Para saber más:

Enciclopedia de Ibiza y Formentera (varios autores)

Formentera, paso a paso por las vías públicas (Joan Marí Cardona)

Formentera en la época contemporánea (Santiago Colomar)

Formentera, una isla por descubrir (varios autores)

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