Lo primero que dijo el superviviente al subir a bordo fue “España camarada”.

Los pescadores de la Mola durante años vieron la silueta del avión en el fondo de mar.

Texto: Josep Rubio | Forografía: Próximo Ferry

En 1944 la Segunda Guerra Mundial afrontaba el tramo final y desde Formentera no era raro ver los aviones de la Luftwaffe, la fuerza aérea alemana, que en su recorrido desde las bases de la Francia ocupada, se dirigían al norte de África para repeler el avance aliado.

Durante la tarde del 12 de mayo de aquel año, Pep Escandell Ferrer, un joven campesino de la Mola, trabajaba en la era y después de escuchar como se acercaba un rumor de motores, observó “cuatro bombarderos alemanes”. Según apunta el documentalista Lluis Mir podrían ser Junkers Ju 88 que, en formación, sobrevolaban el altiplano en dirección al sur, a “escasa altura, casi rozando el faro”, recuerda Pep.

Horas más tarde, alrededor de las 20:40, ya cenaba en su casa, la casa Jaume des Camp, cuando escuchó un “trueno” que distrajo su atención del plato. Siguó comiendo hasta que antes de terminar de cenar, apareció en su casa, “muy alterado”, el Técnico Mecánico del faro de la Mola. Entre jadeos, José A. Gradaille explicó que un avión que llegaba “tocado” proveniente del sur, se había estrellado en el mar a pocos metros del acantilado y que seguro que había algún superviviente, pues el farero había visto al menos una bengala lanzada desde el agua.

Pep, que entonces tenía 22 años y poca experiencia en el mar, decidió pedir ayuda a un vecino marinero, Xomeu Torres, de Can Puig, quien años más tarde se convertiría en su suegro.

Los tres se encaminaron hacia cala Codolar y mientras bajaban a toda prisa la peña vieron otra bengala. Ahora ya podían localizar con más exactitud el superviviente. Se encontraba a unos 300 metros de las peñas, justo frente a los varaderos. Pepe tenía una Xalana que no ofrecía “suficiente fuerza a proa” por lo que decidieron tomar “el bote de Riera”, seguros de que el vecino no se enfadaría porque cogieran sin permiso la embarcación en un “caso de emergencia “.

Gradaille y Xomeu de’n Puig remaron, mientras que Pep iba a proa, con un farolillo que le había prestado el farero, e intentaba distinguir alguna figura en la oscuridad de una noche sin luna. De pronto percibió que eran sobre una amplia mancha de combustible y avisó a sus compañeros: “Ya estamos”.

Inmediatamente vieron a un hombre corpulento a bordo de una balsa de salvamento, solo y lleno en aceite de arriba a abajo. El avión ya se había hundido, “a unos 20 metros de profundidad”. Pep hizo un gesto con la mano, para preguntarle cuántos supervivientes había. El hombre dijo “eins” (uno, en alemán) y añadió, trágicamente, “zwei kaputt” (dos muertos) señalando hacia abajo. Más tarde Pep supo que antes de que el avión tocara el agua, se había lanzado al mar en pleno vuelo un cuarto tripulante “que se perdió para siempre”.

“El alemán tendría unos 35 o 40 años y era tan grande que apenas cabía en el bote”, rememora Pep quien señala que al subir a bordo tuvo buen cuidado de “no perder la bota que sostenía con una mano”. lo primero que dijo fue “España camarada”. A sus 96 años, Pep, que oye sin tener que hablar alto, hace largas caminatas cada tarde y se expresa perfectamente, recuerda como el superviviente, que resultaba ser “el comandante” del bombardero, conservaba una última bengala sin usar, en el mismo bolsillo de donde sacó “una fotografía arrugada de una mujer y un niño”. Mientras contemplaba aquella imagen, al alemán se le escapaban las lágrimas y Pep le decía a Xomeu: “Déjalo estar”. Al llegar a tierra, un grupo de curiosos se había acercado a la cala y entre dos hombres subieron al aviador por el sendero que remonta el acantilado. No estaba gravemente herido pero tenía dificultades para mantenerse en pie.

Según el reporte oficial que hizo Gradaille, el alemán fue atendido en el faro, mientras que Pep indica que pasó la noche en casa de Pep Xomeu de la Mola. Al día siguiente el aviador, del que no se conoce el nombre, volvió al borde del acantilado, donde coincidió de nuevo con Pep. “Afeitado, limpio y con ropa nueva, estaba de muy buen ver” y añade que mientras observaba fijamente la zona donde había impactado el avión, “se volvió y no dijo nada, sólo me miró y sonrió”. El militar sería trasladado a la base de Hidroaviones del Estany Pudent y finalmente repatriado a Alemania.

El farero fue recompensado por el estado germano con un diploma y 1.000 pesetas (que nunca compartió con sus compañeros de rescate), mientras que Pep se quedó con una muda inservible, sucia de combustible del avión, y la historia vivida en primera persona de cómo la Segunda Guerra Mundial había salpicado Formentera.

Los cuerpos de los dos alemanes sin vida del interior del Junkers fueron recuperados a los pocos días por dos buzos que llegaron de Ibiza a bordo de la Mariana, una barca de arrastre. Los pescadores de la Mola distinguieron durante años la silueta del avión en el fondo del mar, hasta que “una empresa valenciana”, evoca Pep, procedió a desmontarlo y llevárselo a piezas.

 

Para saber más:

www.farsdebalears.org

El far de Formentera (Javier Pérez de Arévalo y Kole Seoane)

 

 

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