Suben las temperaturas y baja el nivel del mar entre 20 y 40 centímetros como consecuencia de la presencia anticiclónica y el aumento de la presión atmosférica.

Las calmas ofrecen al observador inquieto una nueva versión de los paisajes que creíamos conocer como si encontráramos “en medio del invierno la primavera”, como describía Joan Maragall.

Texto: Josep Rubio | Fotografía: Próximo Ferry

Con mínimas que extrañamente bajan de los 8 grados y máximas que a menudo superan los 15, el suave invierno de Formentera tiene la costumbre de empezar el año nuevo con una tregua que llega por la benévola influencia de las calmas de enero. Un período en que suben las temperaturas y baja el nivel del mar entre 20 y 40 centímetros como consecuencia de la presencia anticiclónica y el aumento de la presión atmosférica. Las calmas tienen su máximo diario cuando sale la luna, lo que durante la segunda quincena de enero de 2018 tiene lugar durante la mañana, mediodía y tarde.

Los pescadores que aún hoy resguardan sus embarcaciones en varaderos tradicionales, están alerta de la llegada de este paréntesis de buen tiempo. El mar queda planchado como un lago y el descenso del agua deja temporalmente al aire libre buena parte de las maderas que conectan la caseta varadero con el mar y que sirven para poder subir y bajar la barca. Esta exposición de los elementos que habitualmente quedan sumergidos permite a los hombres de mar trabajar con más comodidad y dedicar los cuidados que los materiales naturales requieren.

Es tiempo de reparar y sustituir las guías, los postes de madera de pino que entran al mar perpendicularmente, y los “parats”, las maderas que unen las guías y se sumergen de forma paralela al mar. Los “parats” suelen ser de madera de olivo o sabina, más resistente que la de pino, pero igualmente hay que renovarlos al menos cada 7 u 8 años.

Pero más allá de la vertiente utilitarista, las calmas ofrecen al observador inquieto una nueva versión de los paisajes que creíamos conocer y un cálido empuje para encarar los pedazos de frío que aún nos esperan, como si encontráramos “en medio del invierno la primavera”, como describía Joan Maragall. Un período de quietud que en la Formentera de enero, que parece haber olvidado la agitación que en pocos meses volverá a sacudirla, recuerda más que nunca a “el gran silencio astral del mundo” del que hablaba el pitiuso Marià Villangómez en “L’any en estampes”.

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