La finca original era tan grande como 32 campos de fútbol y se dedicaba a la producción a gran escala de cereales y vino.

Sobre la explotación pesaba una figura medieval para repartir los beneficios entre varios propietarios y los mayorales.

Texto: Josep Rubio 

El octogenario Pep Ferrer, Pep de n’Andreu, recuerda hoy como, en su juventud, la vieja casa de Can Ramon, con sus corrales, muros y aljibe, era una casa payesa en pleno rendimiento, con tierras de cultivo, cerdo, mula, ovejas, cabras y aves de corral. Una explotación propiedad de una familia ibicenca que era gestionada por mayorales formenterenses. También evoca que durante su infancia, los mayores le habían explicado que la casa todavía había tenido más tierras, tal como han documentado la arqueóloga Glenda Graziani y el historiador Antoni Ferrer Abárzuza, quienes señalan que la finca llegó a ocupar una extensión de 32 hectáreas, unos bancales que fueron parcialmente vendidos a la familia Plater en 1901.

Encarada a Xaloc (sureste) y situada en la rotonda de es Cap de Barbaria, a la salida de Sant Francesc, la casa muestra unas formas más voluminosas de lo habitual en una casa payesa de Formentera, lo que da una pista sobre el volumen productivo de la finca. Además, un segmento de la edificación está cubierto con tejado plano y otro a dos aguas, lo que también nos habla de las diversas fases constructivas del inmueble.

Después de una extensa investigación archivística, Graziani y Abárzuza sitúan el establecimiento de la casa en algún momento entre 1797 y 1834. De aquel primer periodo es la construcción con tejado plano que todavía hoy se distingue, en el lado sur del inmueble: un módulo que únicamente contaba con un porche (sala de estar), dos casas (habitaciones) de dormir y una cocina. Los investigadores apuntan que la finca de Can Ramon, tan grande como 32 campos de fútbol, formaba parte de la superficie cedida por el rey Carlos II por medio de la Gracia Real al barbero y comerciante ibicenco Marc Ferrer, quien inició la repoblación de Formentera a finales del siglo XVII. Se trataba, concretamente, de la parcela que Ferrer dio en herencia a su hija Àngela Ferrer Ventimiglia, quien según los investigadores es probable que fuera la antepasada de uno de los primeros copropietarios, Joan Palau Ramon (1797-1836), una teoría que los mismos Graziani y Abárzuza admiten que aún no se puede confirmar a falta de identificar un eslabón familiar que enlace las dos personas.

Sobre can Ramon recayó la figura del censo enfitéutico, según la cual existía un titular del dominio útil y otro del dominio directo, que debían repartirse los beneficios de la finca. En el caso de Can Ramon, Graziani y Abárzuza han documentado que los titulares del dominio directo debían recibir anualmente una quinceava parte del rendimiento de la finca y los del dominio útil se repartían con los mayorales el resto de las catorce quinceavas partes. Graziani señala que esta figura proviene de la edad Media, cuando era muy recurrente para que un conquistador pudiera mantener cierto dominio, a partir del ingreso anual de una parte del rendimiento, sobre un territorio que estaba administrado en el día a día para otra persona. El técnico del área de Patrimonio del Consell, Jaume Escandell, remarca que, sorprendentemente, esta figura medieval estuvo presente en Formentera hasta bien entrado el siglo XX.

Ahora bien, esta propiedad dividida basada en el censo enfitéutico se extinguiría en 1880 cuando Bartolomé Ramon Tur adquirió tanto el dominio directo como el dominio útil de la finca y constituyó el primer escalón de una serie de compraventas entre familias ibicencas que llegaría hasta el 2016.

Los investigadores afirman que en un primer momento la finca se dedicó al cultivo de cereales, que tenía una demanda estable en el siglo XIX, por lo que se amplió la casa original con una enramada y estancia contigua, siguiendo un patrón de secuencia constructiva ampliamente documentado también en Ibiza. Después, en una tercera fase ya decididamente destinada a la producción a gran escala y que se vincula con la absorción de toda la propiedad por parte de Bartolomé Ramon Tur, vendría el levantamiento de un módulo cubierto con tejado a dos aguas en la esquina noreste del inmueble, con planta piso y un entresuelo con dos silos para almacenar cereales. La casa aún viviría otra edad de oro, con nuevas ampliaciones, especialmente cuando zonas marginales de producción de vino como Formentera, se convirtieron en relevantes a raíz de la llegada de la plaga de la filoxera, que arrasó los viñedos franceses a partir de 1867 y los catalanes 12 años más tarde. De aquel período, que podemos situar en el último cuarto del siglo XIX, también data la compra de la otra gran finca formenterense con mayorales, Can Marroig. La euforia vinícola se aprovechó en can Ramon para construir los tres lagares de gran tamaño de la cara noreste y la icónica escalera de acceso. Los depósitos permitían almacenar grandes cantidades de líquido y contaban con modernas tuberías de bronce.

A mediados del siglo XX la casa quedó abandonada, los investigadores suponen que cada vez era más difícil para la propiedad encontrar mayorales formenterenses dispuestos a vivir exclusivamente de las rentas del campo y que no buscaran empleos más onerosaos en el turismo. Los recuerdos de Pep de n’Andreu serían lo poco que quedaría del antiguo esplendor de una importante explotación agrícola. La casa, abandonada, en las últimas décadas ha sido objeto de vandalismo e incluso allí han malvivido algunas personas además de cientos de palomas que encontraron un paraíso de sombra y remanso donde expandir sus excrementos.

El Consell Insular pero, por medio de una permuta, consiguió en 2016 la titularidad del inmueble y se ha propuesto restaurarlo para que albergue una de las tres sedes del futuro Museo de Formentera. Así, las paredes de la antigua casa custodiarán las antiguas herramientas del campo, vestidos y aparatos diversos que conforman la colección particular que actualmente se puede visitar en la muestra etnográfica de la calle Jaume I de Sant Francesc. Además, en el futuro can Ramon se prevé ubicar un espacio donde se puedan organizar cursos de formación y charlas relacionadas con la etnografía y el Patrimonio.

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