Paseando por el campo descubrimos las tradicionales casas de la isla, humildes manchas blancas en el paisaje, viviendas dispersas entre muros de piedra y campos de cultivo que se encuentran enlazadas a otras construcciones auxiliares: corrales, hornos, paredes o aljibes. La repoblación de Formentera del siglo XVIII, protagonizada por ibicencos, explica las semejanzas de la arquitectura a ambos lados de los Freus, aunque en Formentera, las casas presentan una mayor sencillez, una volumetría más simple y una menor escala de las edificaciones .

El método constructivo que imperó hasta los años sesenta del siglo pasado, cuando la llegada del turismo importó nuevos modelos, estaba regido por la intuición y la experiencia de generaciones, lo que ha tenido como resultado una casa que ha conjugado adaptación al entorno, funcionalidad, medidas adaptadas a la escala humana y una buena dosis de belleza “involuntaria”. Una muestra de la buena mano de la construcción popular pitiusa es el interés que generó entre los arquitectos de vanguardia de la primera mitad del siglo XX, que encontraron en Ibiza y Formentera una muestra de racionalismo arquitectónico “espontáneo”.

El lugar donde construir la casa se elegía evitando los terrenos aptos para el cultivo, en una posición dominante y generalmente orientada al sur o al este y protegida de los vientos más fríos. El proceso de construcción comenzaba por una pieza rectangular, el porche, que tiene la cocina en uno de los extremos.

Esta estancia cumplía en un primer momento todas las funciones: estar, almacenar, cocinar y dormir. A continuación se levantaban una o más habitaciones en la cara norte del porche, que servían como dormitorios. El proceso se podía completar con una enramada de ramas de pino en la cara sur, que protege la entrada del porche y que a la larga fue sustituida por soportales de obra.

Los muros de la casa muchas veces se levantaban directamente desde la superficie, sin cimientos, y se construían con piedras calizas y mezcla de cal y áridos, formando dos paredes que se rellenaban con piedras y tierra. Los muros suelen ir encalados con mortero de cal, lo que además de embellecer ofrece una función protectora por su capacidad impermeabilizante. El suelo era de losa de piedra o suelos de mezcla y la cubierta era plana. Se hacía con jácenas y vigas de sabina o pino, un entrevigado de madera de sabina llamado tejuelo, una capa de posidonia seca y dos más, una con suelo de silo y la otra de arcilla. Ahora bien, las cubiertas tendieron a transformarse en el siglo XIX, cuando se importa a las Pitiusas la teja. La falta de arcilla en Formentera y la falta de hombres que pudieran llevar a cabo el laborioso mantenimiento de los tejados planos condujo a la prevalencia de los tejados con dos vertientes.

Las casas de volumetría humilde, crecimiento modular a la medida de las necesidades de la familia y la adaptación al entorno definen la existencia del formenterense preturístico, austero y experto en aprovechar los escasos recursos de la isla. Hoy en día las casas de campo que se han salvado de los añadidos modernizadores constituyen un bien que hay que proteger y que está catalogado por el Consell Insular de Formentera.

Texto: Josep Rubio

Fotografía: ArtesiaWells

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