Los pequeños grandes bosques de Formentera

Artículos de Josep Rubio,Rutes | abril 6, 2017

Que los grandes bosques no existan en Formentera no debe alejarnos del deseo de pasear. Pronto descubriremos que si bien las masas forestales de esta isla no destacan por su extensión, son más que suficientes para sumergirnos en sus sombras, olores, caminos y senderos que incluso nos pueden hacer perder la orientación. Destacan los bosques de la Mola y las partes más altas de es Cap, si bien alrededor de las salinas de’n Marroig se encuentra un formidable ejemplo de sabinar con peculiares ejemplares crecidos sobre la arena, donde se aprecia un evidente gigantismo y la contorsión de las formas de tronco y ramas, imitando una bandera al viento que hubiera quedado paralizada.

Como con casi toda la vida natural de la isla, observando los bosques descubrimos un prodigio de adaptación a la aridez del clima, los constantes vientos y los suelos sobre todo calcáreos, más bien escasos y delgados. De hecho, las especies que pueblan los bosques de Formentera son las que han adoptado estrategias para reducir las pérdidas de agua. No viven árboles caducifolios, pues hay que aprovechar la lluvia que normalmente llega en otoño y crecer durante la siguiente estación, invierno. Tampoco hay árboles como la encina, que es muy común en la cuenca mediterránea pero que necesita condiciones más amables. La sabina y el pino blanco son los árboles predominantes gracias a sus hojas delgadas, con poca superficie de exposición, duras y compactas, por lo que minimizan la pérdida de humedad. El pino prefiere zonas soleadas donde la luz se filtra enriqueciendo el sotobosque, donde vive el romero, el enebro o la mata entre muchas otras especies arbustivas.

La sabina en cambio, sobrevive en condiciones extremas, aunque sea expuesta al viento, en áreas arenosas o bardales rocosos. Así, entre pinos, sabinas y romeros, el caminante atento también descubrirá testigos mudos de la Formentera preturística, restos de la isla que hasta los años sesenta no empezó la transformación de su economía de subsistencia a una de servicios. A veces, podemos distinguir algarrobos, almendros y olivos, frutales que han quedado emboscados, como pasa en Can Marroig. También se puede tropezar con lo que queda de un muro de piedra, vestigio de un campo de cultivo abandonado que ha sido invadido por la vegetación natural. Tampoco es difícil encontrar algún refugio de pequeñas dimensiones, hecho precariamente con piedra seca, seguramente por los vigilantes de los antiguos silos donde se elaboraba carbón vegetal. De hecho, la explotación del bosque era un recurso más para el antiguo formenterense, que valoraba especialmente la madera de sabina, para la construcción de casas o por las piezas más delicadas de los varaderos de pescadores.

Pero con el paso del tiempo, el bosque también ha perdido superficie. Más allá del consumo del territorio que conlleva la actividad urbanística ligada al turismo, hace unos doscientos años, la tala sistemática de árboles (probablemente pinos) en la parte más meridional de es Cap y las lluvias posteriores que erosionaron los suelos, convirtieron la finca de «sa tanca d’allà dins» en un pedregal donde sobreviven únicamente los acebuches y los romeros.

Texto: Josep Rubio

Fotografía: Próximo Ferry

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