Un llaüt negro era una embarcación que no constaba en ningún sitio, no tenía ningún papel, ideal para el negocio.

La red tejida para el contrabando se basaba en la confianza, el silencio y el enriquecimiento.

Texto: Josep Rubio | Acuarela: Bonet Ribas

Los años de la posguerra fueron años de rigurosas privaciones en toda España, una escasez agravada en Formentera e Ibiza por su condición de territorios aislados donde aún no había llegado el maná del turismo y por el gran esfuerzo que se requería para obtener frutos de la poca tierra cultivable. Aquellas carencias impulsaron a algunos isleños a dedicarse al contrabando, un negocio muy lucrativo que inevitablemente iba asociado a la máxima discreción de aquellos que lo practicaban. Por esta razón muchas de las historias protagonizadas por los contrabandistas pitiusos durante la década de los años 40 y 50 del siglo pasado se han perdido para siempre, a medida que sus protagonistas han ido desapareciendo.

Es lo que habría pasado con las vivencias de Vicent Tur Escandell, de Can Carlos, (1921-2015) descendiente directo del repoblador de Formentera Marc Ferrer, si no hubiera sido porque en los últimos meses de vida, para combatir el tedio en la cama del hospital, satisfizo la curiosidad de su nieto, Vicent Tur Costa, quien a su vez ha accedido a explicar a Próximo Ferry una historia familiar que durante décadas se había mantenido en secreto, la del naufragio del Dos Hermanos.

El Dos Hermanos era un llaüt negro, es decir, que no estaba matriculado ni constaba en ningún listado oficial de la marina, una precaución habitual en las barcas que se dedicaban al tráfico ilícito. Tenía 9 metros de eslora, estaba equipado con vela latina y un motor a gasolina de un pistón. Era una embarcación especialmente rápida, y con una óptima capacidad de carga, unas características que la hacían ideal para el contrabando. Vicent Tur encargó su construcción a Joan de sa Cala, también llamado el Calero, que empleó madera de pinos talados por el mismo armador en el bosque de ses Clotades, en Formentera. Una materia prima que fue transportada a Ibiza con el llaüt Sant Jaume, que hacía el servicio entre es Caló de Sant Agustí y Vila. El palo mayor y las antenas se hicieron con un gran pino de un bosque de Corona, en Ibiza, por el que Vicent Tur pagó una magnífica suma para la época, 25 pesetas. Fue botado en noviembre de 1944, pero su historia fue tan intensa como breve, se hundió el 28 de febrero de 1945.

En aquellos años de posguerra Vicent Tur mantenía una estrecha relación con una familia de Sant Antoni, los de can Frit, y juntos habían emprendido varios negocios de contrabando siempre al servicio de alguien de quien era mejor no saber el nombre. La práctica estaba tan bien cotizada que en el primer viaje a Argel, Vicent ya pudo pagar el Dos Hermanos.

El negocio se activaba con un aviso, por el que se tenía que equipar llaüt, reunir a la tripulación y esperar en un lugar señalado donde la embarcación podía permanecer resguardada de la mala mar y de miradas extrañas. Esta espera previa se solía hacer en Sa Torreta, en s’Espalmador, o detrás de Tagomago, en la cala Sant Vicent. Precisamente de este aislado lugar de la costa ibicenca, con fama de acoger a gente ruda y que no se andaba con historias, provenían los dos tripulantes que Vicent, como armador, tenía contratados: el patrón, Joan Marí, que siempre llevaba encima un arma blanca (un puñal con una hoja afilada de un palmo de largo), y el mozo de a bordo, Jaumet de can Cama.

Allí se quedaban esperando, hasta que alguien de la extensa red de contactos tejida sobre la base de la confianza, el silencio y el enriquecimiento, se lo hacía venir bien para ir a pescar cerca del sitio en cuestión. De esta manera podía pasar el mensaje, ahora sí, con el lugar, el día y la hora exactas para cargar la mercancía en la costa argelina y también el punto de destino.

En este caso a finales de febrero de 1945 partieron de la costa de Sant Antoni rumbo a África dos llaüts, el Sant Salvador, con dos hermanos de can Frit a bordo y el Dos Hermanos, con sus tres tripulantes.

La navegación se hacía a vela latina y el motor se reservaba únicamente para las situaciones de emergencia: para huir de temporales y calmas o para fugarse de la vista de los “arrendatarios”, que era como los locales llamaban a las escasas y lentas embarcaciones patrulleras que el estado destinaba al control de aduanas.

Ya en Argelia, el cargamento no se hacía en ningún puerto, sino en lugares más discretos. La memoria no ha conservado el nombre de la del sitio donde, con un largo pantalán, se embarcaba la mercancía de contrabando a bordo del Dos Hermanos. Aquel era un instante decisivo y las precauciones nunca eran pocas para evitar algún imprevisto que arruinara el negocio y rompiera la confianza que se tenía que garantizar en toda la cadena del contrabando. Por este motivo, una vez el llaüt amarraba, se sacaba el mosquetón de a bordo convenientemente cargado y los tripulantes vigilaban que una sola persona avanzara con la mercancía por el pantalán. Si eran dos o más, los tripulantes disparaban al aire esperando que la compañía retrocediera. Esta era una medida de seguridad que los contrabandistas utilizaban para evitar ser sorprendidos en minoría, ya que se contaba que en alguna ocasión el negocio había terminado con los contrabandistas degollados y el llaüt desaparecido.

Cargada la mercancía, repuestos de motor, escopetas de caza italianas y sedas y otras telas de gran calidad, el Sant Salvador y el Dos Hermanos se hicieron de nuevo a la mar, el primero hacia Sant Antoni y el segundo havia es Portitxol, en Mallorca. Las dos embarcaciones navegaron juntas las primeras millas, pero pronto el San Salvador puso rumbo para pasar Formentera por el oeste, por el Cap de Barbaria y el Dos Hermanos por el este, por la Mola. Aquella fue la última ocasión que Vicent vio a sus amigos de can Frit. En pleno invierno, se desató un temporal de Mestral (noroeste) que se tragó para siempre al Sant Salvador, mientras que el Dos Hermanos fue capeando la mala mar con la vela rasgada y el motor en marcha, los cuarteles bien cerrados y los tripulantes amarrados a la cubierta. El sol estaba a punto de esconderse y la amenaza de la oscuridad absoluta cernía sobre el Dos Hermanos: los tres sabían que el embate del mar, a ciegas, sin poder surcar las olas, hubiera terminado por volcar el llaüt y que las negras aguas se tragarían para siempre a Vicent, Joan y a Jaumet. Pero cuando la claridad agonizaba, y en lo alto de una ola, apareció el Urola, un mercante vasco al que hicieron desesperados señales de luz y finalmente, rescató a los tres tripulantes sanos y salvos a unas 70 millas de la Mola.

Los náufragos subieron telas a bordo y pidieron permiso para embarcar algunas escopetas, pero Vicent prefirió dejar que el llaüt se hundiera, consciente de que sería muy complicado explicar a las autoridades el singular cargamento de la embarcación así como la ausencia absoluta de cualquier documentación.

Aquel barco con nombre de río salvó la vida de los tres contrabandistas un hecho que Vicent recordaría años más tarde, cuando bautizó con el nombre de Urola un bote que aún hoy está resguardado en un varadero de es Pujols. El mercante desembarcó a los pitiusos en Alicante, donde los tres explicaron que habían sido sorprendidos por una tormenta mientras pescaban. Quedaron a disposición de la Capitanía Marítima, que no les retuvo pero sí que los obligó a estar localizables. Los nombres de Vicent y del mozo de a bordo no constaban en los registros policiales, pero sí el del patrón, Joan Marí, quien tenía una extensa ficha por haber trabajado al servicio del más grande de todos los contrabandistas, Joan March, de mote “en Verga”.

Siendo consciente de su situación, al pisar tierra Joan advirtió a sus compañeros que pronto desaparecería y esa misma noche tomó un avión con destino a Mallorca.

A las pocas semanas Vicent y Jaumet volvieron a Formentera e Ibiza respectivamente, habiendo hecho negocio con el contrabando pero también habiendo probado muy de cerca los peligros inherentes en el oficio. Vicent que entonces tenía dos hijos pequeños y un terreno recién comprado con las ganancias del contrabando, se dedicó desde entonces a la finca y también volvió a la mar, pero trabajando en la Naviera Mallorquina.

El patrón, Joan Marí, siguió en el negocio y años más tarde, simplemente desapareció, quizás engullido por el mar, como los de can Frit, quizás encarcelado quien sabe donde … El caso es que en los años ochenta del siglo pasado, un amigo de Vicent fue de visita a Argelia y cuando paseando por una aldea costera, distinguió a un hombre que, a pesar de ir vestido como los locales, tenía un aspecto y unas facciones que le resultaban extremadamente familiares y cuando lo llamó por su nombre, éste se giró instintivamente pero seguidamente dio media vuelta y se fue, andando sin mirar atrás.

Para saber más: Entrevista de Ràdio Illa a Vicent Tur, nieto del protagonista.

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