En el siglo XIII ya se contemplaba la práctica de aprovechar los restos que el mar arrastra a la costa.

Cuando la mar se calmaba después de un temporal, aparecen en la costa bienes difíciles de encontrar en los pocos comercios de la isla.

Texto: Josep Rubio | Fotografía: Próximo Ferry

Una de las muestras de la escasez que vivían los formenterenses en la era preturística y de su ingenio para superarla la encontramos en la costumbre de ir a ‘córrer la vora’ (por la costa). Esta práctica consistía en inspeccionar el litoral cuando amainaba el temporal para recoger lo que las olas habían arrastrado hasta tierra, complementando así los ingresos familiares y consiguiendo bienes difíciles de encontrar en la isla.

El ius naufragii, el derecho de aprovechamiento de los restos de una nave o mercancías provenientes de un naufragio, estaba expresamente prohibido en la carta poblamiento de Ibiza y Formentera. Esta carta regulaba la situación general de los nuevos pobladores cristianos del archipiélago y data del año 1236, sólo un año después de la conquista catalana de las Pitiusas.

La prohibición de ejercer el ius naufragii no era de extrañar, ya que éste era uno de los llamados malos usos del mar y quedó vetado en la mayor parte de las ciudades comerciales del Mediterráneo, con el fin de garantizar la seguridad de la navegación y favorecer el tráfico mercantil marítimo.

Ahora bien, cuando diez años más tarde, en 1246, el conquistador Guillem de Montgrí establecerá las condiciones de la infeudación de Formentera en favor de Berenguer Renard, se aprecia un cambio de criterio que, como apunta el historiador Santiago Colomar , podría estar motivado por el interés de incentivar el poblamiento de una isla que presentaba grandes dificultades para los nuevos colonos, como la escasez de recursos y la amenaza de la piratería.

Así, Montgrí reserva para sí mismo cuatro quintas partes de la ‘aventura maris‘, es decir, los bienes que el mar arrastra hasta la costa, y cede a Renard una quinta parte de estos bienes. Volviendo a nuestros días queda claro que, a lo largo de los siglos, los formenterenses tomaron buena nota de este permiso especial para aprovechar lo que traían las olas. En una Tertulia de Sabios de Ràdio Illa del año 2014, Pilar Escandell, de la Mola, recordaba que a mediados del siglo XX, “cuando la mar se calmaba después de un temporal, aparecían en la costa cositas de mucho valor, como las botellas de vidrio, que eran imprescindibles para ir a buscar aceite o vino, en una época en que cualquier líquido se vendía a granel”. Pilar también se acuerda de un comentario de su suegra, quien le explicó que una vez encontraron “un bidón de aceite de coco que se vendió muy bien para hacer luz con las lámparas”.

Pep Costa, Ca Marí, aclara que antiguamente los cargueros eran más bien pequeños y, mientras que la bodega se reservaba para la mercancía más pesada y para los bienes que se podían dañar, como los alimentos, en la cubierta iba estibada la madera. “Y cuando venía un temporal”, recuerda Pep, “un golpe de mar podía llevarse las maderas o bien los propios marineros cortaban las trincas para aligerar el barco”. De aquellos hallazgos aún se aprovechan muchos formenterenses que hoy disfrutan en sus casas de mesas, sillas, puertas y vigas de gran calidad y resistencia elaboradas con maderas recuperadas yendo a “córrer la vora”.

A pesar de que esta práctica era más propia de la era preturística, persistió hasta principios de los años ochenta del siglo XX, como indican Vicent Ferrer y Raquel Guasch en su estudio ‘Ecotoponímia de les véndes orientals de Formentera’. Los investigadores recogen el testimonio de Francesc Mayans: “Cuando se produjo el desastre de la presa de Tous en Valencia, en la playa de Migjorn aparecieron abundantes productos y objetos. En el mismo lugar recuerda haber rescatado de las olas una docena de vigas de madera , así como un bidón de 200 litros de aceite para engrasar máquinas, que vendió en envases de 50 litros al armador de una embarcación pesquera”.

Pero no todo lo que llegaba empujado por las olas eran buenas noticias. El 10 de mayo de 1927 unos pescadores encontraron a unas dos millas del Cap de Barbaria un torpedo que remolcaron hasta los varaderos del torrent de s’Alga. El letal objeto presentaba la proa “completamente achatada” por lo que el redactor de Diario de Ibiza que nos dejó constancia deducía que o bien era un torpedo de prueba o bien al impactar había fallado el fulminante. Desgraciadamente ese inocuo torpedo no sería la última arma que, mecida por las olas, llegaría a la costa de la isla. Años más tarde, a principios de la II Guerra Mundial, Formentera sería escenario de un desgraciado incidente en el que tres personas perdieron la vida yendo por la costa. Esta historia, que aún resuena en la memoria de los formenterenses de más edad, la recuperaremos la próxima semana en una nueva entrega del blog de Próximo Ferry.

Para saber más:

-La conquesta catalana de 1235. Joan Marí Cardona

-Hemeroteca de Diario de Ibiza

-La carta de poblament d’Eivissa i Formentera, del 1236. Antonio Planas Rosselló

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