Una jornada de caza de conejo con perro ibicenco por los bosques del coto de Portossalé

Caminamos de cara al viento, un Ponent suave, un aire seco que ayuda a los perros a seguir rastros.

Texto: Josep Rubio | Fotografía: Pepo Rubio

Aún no vemos despuntar el sol pero ya amanece en los bosques cercanos a Cala Saona. Se preparan para ir a cazar conejos con podenco ibicenco el secretario del coto de Portossalé, Mariano Castelló, y su padre de 82 años, Paco de s’Hereu, cada uno ocupa una mano sosteniendo un bastón de considerable longitud, casi les llega al pecho. A su alrededor, pululan nerviosos seis cachorros y un perro, animales fibrados, entre los 18 y los 22 kilos y de poco más de medio metro de altura, con una cabeza estrecha, patas largas, costillas marcadas y con pelo corto estampado con manchas de color blanco y rojo, o blanco y leonado. A falta de pruebas concretas, las conjeturas más aceptadas sobre la llegada en las Pitiüses de esta raza reconocida como autóctona de las Islas Baleares apuntan que deriva de los perros traídos por los fenicios desde Egipto, hace unos 2.600 años.

El coto de Portossalé es uno de los cinco que existen en Formentera, junto con el de es Cap, ses Clotades, can Geroni y la Mola. Fue fundado en 1991 y tiene 40 socios, de los cuales la mayoría cazan con escopeta y perro de muestra, pero una decena siguen practicando la caza ancestral de las Pitiüses, sin arma y con podenco ibicenco. Nos adentramos en el coto, que tiene una superficie forestal y arbustiva de unas 500 hectáreas. Paco de s’Hereu se encuentra en su elemento, de repente se ha quitado 30 años de encima, se mueve suavemente, con sobriedad y decisión, entre pinos, sabinas y planta baja: mata, enebro, brezo, romero y tomillo que a nuestro paso desprenden sus aromas. A menudo se detiene y observa, concentrado, mudo. Los perros se han dispersado a nuestro alrededor y hay que estar muy atento para verlos pasar como rayos entre la vegetación y él, de vez en cuando, emite alguna orden: “shhh” y también silba. Para cazar, explica Mariano, “aprenden más deprisa las hembras, que se despistan menos, pero cuando un perro sale bueno, es muy bueno” y añade que, en los grupos de perros, como “en los gallineros, más de un macho, causa problemas “.

El podenco ibicenco sólo ladra cuando descubre al conejo y de repente, de muy lejos, se oye como uno de la pandilla ladra brevemente. El octogenario aclara: “Es Florita, que ya ha olido a uno”. Al poco se escucha más ruido de perros y silencio: “Ya lo tienen”. Y en un instante aparece Blanca con un conejo aún vivo entre las mandíbulas, que entrega al dueño. Mientras el padre coge el conejo por las patas, el hijo comenta que “lo han rasgado, seguramente estaba escondido en un arbusto” y añade, “normalmente lo llevan intacto, sobre todo si lo persiguen en carrera”.

El perro utiliza la estrategia y no la persecución directa de la toma, emplea todos sus sentidos en la caza y se fía de la vista, el oído y el olfato para localizar y perseguir al conejo, hasta cogerlo. Esta raza tiene una jerarquía muy marcada y cada miembro del grupo sabe perfectamente cuál es su papel dentro del grupo, unos son tobardors (que encuentran), otros agafadors (que cogen) y también están los rastreadores. Incluso los más viejos, de 9 o 10 años, tienen su función, dosificando las fuerzas y exprimiendo su experiencia para interpretar los movimientos del conejo. Los jóvenes, con su cuerpo atlético, se desplazan como una exhalación, todo un espectáculo. Ora hacen saltos en el aire, ora paran en seco, vuelven a la carrera, giran de golpe, y todo ello, en perfecta armonía y coordinación con el grupo.

Avanzamos de cara al viento, para facilitar la función olfativa de los perros, y Paco dice al vuelo: “Hoy es buen día para cazar, como decía Pere Martí vell, un gran cazador, los perros no cazan, cazan los aires, y hoy sopla Poniente, un viento seco “lo que permite a los cánidos seguir el rastro sin la distorsión de la humedad. Nadie les enseña a cazar, “es puro instinto” y hoy una del grupo, Ratita, de seis meses, es buena muestra que los podencos aprenden por mimetismo.

Este año ha sido un buen año de lluvias, ya superamos ampliamente los 400 litros por m² y el bosque está en buen estado, verde y con un suelo esponjoso y rico. Sin embargo Paco afina que los pinos más viejos están “tristes” porque “han acumulado lo sufrido en los últimos años de sequía”, por eso dice él, “vemos muchas setas, por todo encontramos pixacans (hongos del género Suillus) y también algún champiñón”, pero subraya,” de pebràs (níscalo) no se ve ninguno”. El bosque es bastante espeso pero en tres horas de caminata Paco no hará ni un solo paso en falso, más bien hace algún comentario a los que lo acompañamos “si vas por ahí, no saldrás”. El hombre recuerda que no hace tantos años el bosque “sí estaba limpio y cuidado”, cuando can Manolo y can Geroni, los hornos de pan del pueblo, gastaban una carretada de leña cada tres días, la salinera alimentaba sus locomotoras con masa vegetal y los formenterenses cocinaban y hacían pan quemando madera en sus hornos tradiconales.

Muchas cosas han cambiado y hoy muchos bosques de Formentera son un verdadero polvorín donde pueden prender con facilidad fuegos como los que hace dos veranos arrasaron 30 hectáreas forestales cerca de Cala Saona. Tampoco es extraño que surjan voces críticas sobre la caza de conejos con perros. “Muchos no saben que los conejos se comen el trigo, pican todo tipo de fruta y también habas y otros productos de la huerta” y añade, con aire resignado, “pero claro, hoy a la gente eso le da igual, porque no comen lo que produce esta tierra, van a comprar al supermercado “.

Por el bosque nos topamos con vestigios de aquella época, cuando el bosque era parte fundamental de la vida de los formenterenses. En una explanada de la serra de’n Rampuixa, Paco señala el suelo y al escrutarlo descubrimos pequeños fragmentos de carbón vegetal: un antiguo silo. Y también encontramos los restos de un rectángulo de piedras, si no se presta atención, parece sólo un montón de piedras. Mientras lo inspeccionamos, intentando deducir su antiguo uso, el cazador muestra una gaveta a pocos metros de distancia y explica que las piedras son lo que queda de una antigua barraca, donde se escondía una persona que tiraba del “tirany” que accionaba el filat, una trampa hecha con red, que capturaba los pájaros que bebían agua en la gaveta. Más adelante encontramos un agujero en el suelo, de unos 2 m² por uno de profundidad: “Para extraer arcilla con que se hacían las cubiertas de las casas”.

Mientras los perros campan, vamos pensando como comeremos el conejo que hemos cazado, si con frito de cebolla y patatas, con arroz o a la plancha con limón, perejil y un poco de vinagre … De vez en cuando algún perro ladra, pero flojo y sin alegría. Paco sabe que ya no habrá más conejos, “esta parte ya está muy cazada”, dice mientras contempla los perros orinando, señal que por allí han pasado otros grupos. Además, “ha cambiado el viento, hace Llebeig (S-O)”, un viento húmedo que no ayuda a los perros a seguir rastros. Mariano, que tiene la barca en el muelle de es Caló de Sant Agustí, replica, “buen viento para ir a pescar calamares”, pero esta, ya es otra historia.

Para saber más:

– Enciclopèdia d’Eivissa i Formentera.

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