El edificio de Can Pujada emplea las soluciones propuestas por Sert en los apartamentos Es Fumerals de Ibiza

Los vecinos destacan las buenas vistas y no reniegan de los cinco tramos de escalera de la vivienda.

Texto: Josep Rubio | Fotografía: Próximo Ferry

En la venda des Brolls, en el km 2 de la carretera principal, se levantan ocho apartamentos adosados conocidos como can Toni Pujada, por el nombre del antiguo propietario del terreno. Fueron construidos a principios de la década de los setenta, coincidiendo con el primer boom inmobiliario de Formentera, y están firmados por Francesc Negre, entonces el único arquitecto residente en la isla y uno de los tres o cuatro que trabajaban aquí, tal como él mismo recuerda.

Los ocho apartamentos se tocan pared con pared y están dispuestos en forma de sierra, de manera que quedan decalados, una posición que, según Negre, “produce un contraste de sombras y líneas que hace más interesante la fachada y evita una apariencia lineal”.

El arquitecto asegura que para la obra de can Pujada se inspiró en las soluciones utilizadas por Josep Lluís Sert en los apartamentos Es Fumerals de Can Pep Simó (en Jesús, Santa Eulària des Riu), que actualmente están protegidos como Bien de Interés Cultural con la consideración de Conjunto Histórico. De hecho, a simple vista se aprecia que ambas construcciones son primas hermanas, y en ambos casos, la vivienda unifamiliar se expande en vertical, de modo que los dos dormitorios, la cocina-comedor y la sala de estar ocupan una planta cada uno, llegando a los cuatro niveles elevados, a los que habría que añadir el garaje y entrada, en la planta baja, y la terraza superior, equipada con una barbacoa de obra.

Ahora bien, al contrario que Sert, Negre situó en las plantas más altas la cocina-comedor y la sala de estar “porque prefería dar las mejores vistas a las estancias de convivencia de la casa y no a los dormitorios”. La altura es un elemento distintivo que proporciona a los apartamentos una vista espectacular de Ibiza y el estany Pudent. El propio Negre asegura que orientó la fachada hacia el Norte – Noreste y no siguió la tradicional disposición (Sur y Este) de las viviendas, precisamente para ofrecer buenas panorámicas. Además, con esta posición, Negre consigue favorecer la ventilación de la casa, dada la tendencia del aire a circular atraído por la diferencia térmica entre la fachada Norte, más fría incluso en verano, y la de Migjorn.

La altura también produce un impacto visual importante en una zona poco urbanizada y junto al Parque Natural de ses Salines. Un hecho que el mismo arquitecto reconoce y por eso señala que “ahora intentaría buscar otras soluciones, pero en aquella época ni siquiera existía ninguna normativa, porque el Plan Provincial de Baleares fue aprobado posteriormente, en 1975,” y las primeras normas subsidiarias de Formentera, en 1989. Así, en aquellos años la licencia de obra era otorgada o denegada según opinión del alcalde y poco más.

En el ámbito de la habitabilidad, es obvio que cuanto más altura gane el espacio, más escaleras deberá tener y este es uno de los puntos clave de can Pujada. Negre destaca que para hacer menos pesadas las escaleras, apostó por establecer pisos intermedios, por lo que las plantas están intercaladas entre ellas, como una cremallera, con lo cual también conseguía que los cinco tramos de escalera fueran más breves, sólo con ocho escalones cada una. Así lo confirma Margalida Tomàs, residente en Mallorca que se escapa siempre que puede a su apartamento de can Pujada, quien asegura, a sus 83 años, que las escaleras de la casa no le resultan incómodas. Ella es viuda de Miquel Pons, célebre médico de Formentera y uno de los socios que impulsaron la construcción de los apartamentos, junto con Negre y el aparejador Antoni Montull.

Además, el arquitecto destaca que para hacer más amenos los tránsitos, la altura de los escalones se redujo hasta poco más de 16 cm, en vez del tamaño estándar de 17,6 cm. Ahora bien, en la ejecución de la obra no se empleó tanta precisión y así, a medida que subimos de nivel, vemos como los escalones “crecen” hasta superar los 17 cm en el tramo de escalera para acceder a la azotea .

Como le gustaba hacer a Sert, en el interior de los apartamentos de Can Pujada también se encuentran soluciones de la arquitectura tradicional, como las estanterías y un banco de obra, o el aprovechamiento de las aguas pluviales con una cisterna enterrada. Explica Negre que las dimensiones de los espacios siguen las medidas del ‘modulor’, un sistema métrico ideado por Le Corbusier a partir del número áureo que busca un vínculo armónico entre el ser humano y el entorno físico con el que se relaciona. Un método que el arquitecto de can Pujada también emplea en los tamaños de las estancias. Por ejemplo, la anchura de la sala de estar es de 3,66 metros, justo el doble de la altura del ser humano tipo imaginado por Le Corbusier.

Negre destaca que, en los encuentros en Ibiza con su admirado Sert, pudo comprobar cómo, quien había sido discípulo de Le Corbusier, era fiel al modulor “hasta las últimas consecuencias”. Así, los muebles de obra que Sert había diseñado para su casa aplicando el ‘modulor’ con todo rigor, hacían que él mismo, que no era un hombre demasiado alto, cuando se sentaba quedara con los pies colgando.

Vistos con los ojos de hoy, los apartamentos can Pujada presentan algunas deficiencias, como el mencionado impacto visual o el material empleado en los muros, bloques de hormigón sin aislamiento. Además, con el paso de los años algunos vecinos han hecho intervenciones, como cubrir los balcones, que desvirtúan la apariencia y funcionalidad proyectadas por el arquitecto. Pero con las carencias propias de la época, que ahora harían imposible construir un bloque de casas adosadas y de tanta altura en zona rústica, el edificio ha generado un espacio óptimo donde durante más de 40 años se ha tejido un vínculo entre los vecinos, y este es uno de los elementos que más destaca Margalida Tomàs: “hemos celenrtado muchas cenas en la terraza de uno o del otro, nos hemos juntado para los cumpleaños de los niños” y recuerda que durante los años 80, “en las fiestas venían los niños de casas vecinas, de can Jondal, de can Toni Miguelet, de can Toni Mayans … mi marido iba a buscar barras de hielo a Carbónicas Tur, para tener la bebida fría, y aquello era como una gran familia”.

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