La pesca ‘de cohete’ fue una práctica muy extendida hasta la llegada del turismo.

El pescado capturado con explosivos no presentaba ninguna señal distintiva ni por la apariencia ni por el gusto.

Texto: Josep Rubio | Fotografía: Próximo Ferry

Hasta la irrupción de la economía turística, con cierta discreción pero con gran asiduidad, en Formentera e Ibiza se practicó la pesca con dinamita, conocida como ‘pesca de coet’. Ha sido y es una práctica prohibida, altamente destructiva e indiscriminada que además, podía ser muy peligrosa por los pescadores, aunque no faltaban voluntarios dados sus tentadores beneficios.

Explica Joan Mayans Mayans, Juanito de Can Pep Xomeu, de 81 años, que en 45 años de pescador profesional nunca ha tirado dinamita, al considerar que era una práctica demasiado arriesgada y conocía personalmente casos de hombres que habían perdido una mano o un ojo en un accidente. Ahora bien, en la época en que Juanito acompañaba a su padre, Joan Mayans Escandell, desde los 7 años hasta la veintena, sí había ido a ‘pescar de coet’.

Aunque la dinamita se podía utilizar para sacar del mar pescados muy diversos, como gerrets, dentones, moixons (Atherina boyeri), Seriolas o meros, él recuerda que con su padre lo habitual era ir a pescar salpas que luego aprovecharía como cebo. Además, según él, los cebos con salpa muerta con cargas explosivas funcionaban “el doble de bien” que las salpas capturadas vivas con redes.

“No tenía que ir muy lejos” así que no empleaban el llaüt, sino que partían de s’Estufador con un bote a remos, que era más maniobrable. Antes que nada, prendían fuego al extremo de una cuerda de esparto que quemaría lentamente durante cuatro o cinco horas y facilitaría la tarea de encender la mecha del explosivo, cuando llegara el momento. Se trataba de cuerdas viejas y dañadas que ya no servían en los molinos de viento y a las que los pescadores daban una segunda utilidad.

Ya en la pesquera, con un visor de cristal en la superficie del agua localizaban los bancos de salpas. Explica en Juanito que para no matar en exceso, con “medio cohete” era suficiente. También recuerda que una vez, yendo a pescar con un amigo, tiraron, bajo el faro de la Mola, una carga entera a un banco de salpas y llenaron el bote con más de 200 kilos de pescado.

Además de calcular la cantidad de carga explosiva según el tipo y la cantidad de pescado que se quería coger, también se tenia que ser muy preciso con la longitud de la mecha del ‘cohete’. Si esta era demasiado larga, la dinamita caía al fondo y no afectaba al banco de pescado. Si se querían pescar pescados rápidos, como los dentones, se tenía que emplear una mecha muy corta, lo que multiplicaba el riesgo. Juanito nunca sufrió ningún accidente pero recuerda con algún susto haber visto cómo se echaban cargas que explotaban antes de tocar el mar.

La mecha, engomada para permitir que quemara bajo el agua, se encendía con el contacto con la cuerda de esparto y la chispa corría hasta el detonador (el “pitón”) que provocaba la explosión de la dinamita. La carga se tiraba a una cierta distancia de la embarcación, “al menos unos cinco metros” y a veces la primera deflagración servía para matar o aturdir pescados más pequeños atraídos por el pescado más grande, como los meros, y entonces se provocaba una segunda explosión. El pescado, que quedaba flotando en la superficie, se recogía con un salabre hecho de una rama larga de sabina, al que se añadía una red de hilo de cáñamo.

Juanito asegura que el pescado muerto con explosivos no presentaba ninguna señal distintiva, quedaba intacto, ni tampoco se le apreciaba ningún sabor característico, si bien recuerda que corría la voz que un atracón de “salpas muertas por cohete provocaba dolores de cabeza y si era para cenar, pesadillas por la noche”, aunque él, que había comido muchas, nunca sufrió estos inconvenientes.

Sobre el origen de la dinamita, Juanito asegura que su padre la conseguía en Ibiza, “quizás de alguna cantera”, pero no recuerda más detalles. De hecho, el pintor Antoni Taulé, que durante un breve periodo, entre 1971 y 1972, ejerció de arquitecto técnico en Formentera, afirma que al realizar las detonaciones para la obra de un complejo turístico al pie de la Mola, un pescador le había propuesto, discretamente, comprarle algunos cartuchos de dinamita.

En 2007, los investigadores Vicent Ferrer y Raquel Guasch recogieron, en su estudio ‘Ecotoponímia de les vendes orientals de Formentera’, el testimonio de Francesc Mayans Mayans. En ‘Xicu Teuet’ explicó que “la dinamita [para pescar] la adquiría en Ibiza, en can Patricio (…) armería del barrio de la Marina de Vila que se anunciaba como “expendiduría oficial de explosivos”, en cajas de unos 5 kilos y medio que costaban entre 40 y 50 pesetas “. En una ocasión, el hombre “fue a comprar y vio que en la tienda había agentes de la autoridad. Cuando le preguntaron qué quería, dijo, para disimular, que necesitaba anzuelos e hilo. El vendedor, que ya lo conocía (…), le dijo que si tenía otras cosas que hacer en Vila que las fuera a hacer, que él ya le traería los anzuelos y el hilo a la barca, cuando esta saliera. En el momento de embarcarse el vendedor le trajo la dinamita que necesitaba a la barca”.

Juanito afirma que “la Guardia Civil sabia bien quien pescaba de cohete”, pero ellos eran suficientemente hábiles para no dejarse perseguir, aunque sí que estuvieron cerca una vez. Un día “alguien denunció al mi padre” y los agentes fueron directos a can Pep Xomeu y rebuscaron por toda la casa una prueba que lo incriminara. Los guardias tuvieron tan poco olfato que se fueron de vacío y no advirtieron un cuadro que no descansaba vertical, como la pared donde estaba colgado, sino que estaba inclinado, porque detrás, “mi padre tenía escondida una buena reserva de cartuchos “.

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